CAMPO DE ESPERANZA (fragment)

CAMPO DE ESPERANZA. (Antoni Cisteró. Editorial Mediterrània. Barcelona.2008)

PREMI FILM HISTÒRIA. 2008. Universitat de Barcelona

 CAPÍTULO XLVII    (Fragmento)    Páginas 345 y ss.

 Al día siguiente de su encuentro, con precauciones, había estado mirando la entrada del hotel du Midi desde un bar cercano. Vio llegar a varios hombres con pinta de falangistas. Creyó ver también a Rodrigo. Su curiosidad pudo más que la precaución y se quedó toda la mañana. Idas y venidas, muchas personas entrando, mayormente inválidos. Hacia el mediodía llegó una ambulancia. El no sabía que las órdenes de don Félix de Lequerica eran tajantes: hombres adictos a la embajada entrarían en el hotel y sacarían a Azaña, lo meterían en la ambulancia y lo llevarían directamente a Hendaya.

Hotel Mercure (antes du Midi). En el primer piso, murío Manuel Azaña

Hotel Mercure (antes du Midi). En el primer piso, murío Manuel Azaña

A media tarde volvió. La ambulancia ya no estaba. Una calma de cementerio reinaba en toda la calle. Un mutilado, resto de la guardia de corps del agonizante, le contó que los de Lequerica no se habían salido con la suya, que una multitud de personas –mancos, cojos, la mayoría macilentos, avinagrados, derrotados que no vencidos (vencido, el que se rinde decía siempre el señor Aub)-, arriesgando sus vidas, habían invadido por segunda vez el Hotel du Midi, haciendo prácticamente imposible el acceso a la habitación número 9, donde agonizaba el que fuera Presidente dela República. El embajador de Méjico, don Luis I. Rodríguez, había alquilado tres habitaciones contiguas, declarándolas territorio mejicano lo que evidenció colgando la bandera de su país en los balcones. Utilizaba la número 11 como despacho y las otras dos como refugio para exiliados españoles. En la 9 era donde se había instalado al enfermo presidente y dónde había recibido la visita del obispo de la ciudad.

Tres días más tarde, en el bar oyó la noticia de la muerte del que había sido presidente dela Repúblicaespañola. Jean, el dueño, hermano de un brigadista muerto en el frente del Ebro, pensaba cerrar el bar al día siguiente en señal de luto. Pasara lo que pasara.

Aquella misma noche –la del 4 de noviembre de 1940- père velo y Clara entraron en el bar una vez este hubo cerrado. Lo primero que apreció Agustín fue la preñez evidente de Clara. Con el embarazo y la añoranza, estaba más bella que nunca. Se abrazaron. El cura dijo, antes de retirarse para que pudieran compartir el humilde camastro:

-Mañana te pasaré a buscar a las ocho. Entierran a Azaña. Buenas noches… –y después de dudar un instante, añadió:

-Posiblemente tendréis que separaros de nuevo. Montauban no es un lugar seguro para gente como vosotros. Hay demasiados… de los dos bandos.

Gente seria, abrigos, caras pálidas, inquietud, miradas al suelo, de reojo. Miedo y decisión íntimamente unidos. Un viento hiriente atentando contra los sombreros. Voluntad de permanecer en las puertas del hotel du Midi, pase lo que pase. En pequeños grupos van entrando a ver el cadáver. En esquinas adyacentes, caras con otro tipo de hosquedad. Espías de Lequerica anotando los nombres de las caras conocidas allí presentes. Al momento, un revuelo. Llegaron el embajador de Méjico, don Luis Ignacio Rodríguez, vestido impecablemente, con su frac habitual y una banda cruzándole el pecho y su hombre de confianza, Gilberto Bosques, salvador de tantos españoles a quien la historia arrastraba. Medallas, oropeles en honor del fallecido. La cara redonda, algo azteca, del embajador, seria pero orgullosa de sí, de su país, de su cometido. Mosén Llorens llega a las diez, acompañado por Agustín, vestido con una sotana. El cura no parece asistir a un velatorio. Casulla de oro –Pascua-, estola mitad roja –Pentecostés-, mitad morada –Adviento-. Su pequeña aportación para paliar la prohibición de símbolos republicanos.

-¿Querrán funeral religioso?, el obispo estuvo ayer con él y me dijo que quiso confesar.

-Lo dudo. Hace días que estaba con la conciencia ida, delirando –dice, duro, Gilberto Bosques, el agregado cultural gran amigo de Max Aub.

-Tanto da. Si les parece, lo entramos un instante en la catedral. Con o sin misa, ello permitirá agrupar la comitiva y que ésta tenga un recorrido mayor. Le dará realce. Les prometo que no habrá ningún signo que pueda ofender su criterio. Además, no creo que los lacayos de Lequerica se atrevan a intervenir en la iglesia.

Después, un corto conciliábulo y luego, doña Dolores, la viuda del presidente, accede. No tiene ya fuerzas para luchar, después de meses de grave enfermedad, de agonía, de luchas políticas, de la detención de su hermano Cipriano y el traslado de Don Manuel a Montauban en ambulancia; las visitas; el anuncio, pocas horas antes, del suicidio de su médico particular… el mismo que tenía el veneno preparado para el presidente para el caso de que Lequerica se hubiera salido con la suya. Doña Dolores dejando hacer a los mejicanos.

Por su parte, don Luis Ignacio Rodríguez ha estado discutiendo con las autoridades locales la utilización de la bandera republicana. No ha tenido éxito y finalmente pide a su chofer que le traiga una bandera mejicana que ha preparado en previsión de la negativa. “Para nosotros será un privilegio, para los republicanos una esperanza; y para ustedes una dura lección” dirá a los representantes de Vichy, espoleados por la insistente inquina de Lequerica.

Entierro del Presidente de la República, don Manuel Azaña

Entierro del Presidente de la República, don Manuel Azaña

Un humilde carro de mano. Exiliados fornidos tirando de él. Sombreros de copa detrás. El embajador Rodríguez, Gilberto Bosques, Victoria Kent, Rodolfo Llopis… Caras tensas. Paso lento, como queriendo congelar el instante. Soldados de Vichy, en actitud de cercar más que de dar honores. En cualquier caso, separando los republicanos de los hombres de Lequerica.

La catedral. El féretro: ningún adorno. En una humilde ataúd de madera sin barnizar, Azaña, el político distante, aristocrático, líder sin base, el entregado presidente, el último punto de referencia para tantos que apreciaban su postura digna, su ecuanimidad llevada al desprecio por el día a día barriobajero de tantos políticos.  Azaña y su aversión por las peleas del peor tono entre otros miembros destacados del exilio, en especial la diatriba Prieto-Negrín, que tan negativamente afectaba a tantos miles de exiliados.

Mosén Llorens se dirige al órgano, acompañado por Agustín, el cual, incómodo bajo su sotana, tropieza en el escalón del altar. Entre los fieles, Clara, al verle, no puede reprimir una sonrisa.

Las notas de La Verbena de la Paloma, tocadas lentamente, con pesar, a modo de marcha fúnebre. El cura susurra al oído del joven:

-Está prohibido el himno republicano. Ni pensar en el franquista. Tampoco estoy seguro de que sus próximos quieran música religiosa. Éste ha sido nuestro acuerdo. Seguro que lo encontrarán apropiado –y rió, socarrón a pesar de las circunstancias.

Comitiva serpenteando por las callejuelas hacia el cementerio situado en las afueras. Agustín pensando en la Z, el punto final, omega de la historia, la escena de Collbató en Sierra de Teruel.

Frente a la  tumba, donada por una familia judía del lugar, en un instante se cruzan dos miradas distantes. Rodrigo, entre un grupo de espectadores. Agustín, junto al cura. No se mueven, no se llaman, pero un brillo especial reina en los ojos de ambos. Uno por la presa, el otro por el orgullo de estar allí, pase lo que pase después; por ser portador de un secreto que le hace superior, ya para siempre, a su oponente. Si sobrevive, además, podrá decir que fue uno de los pocos que acompañaron a Azaña hasta el final. El cielo amenaza lluvia. Un manto gris, una niebla helada, uniformiza el sentimiento de derrota de los asistentes. Todos con el sentimiento de un punto final, de algo más irreversible que la propia muerte.

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